Día 12. El albergue de Redecilla representa la imagen que debería reflejar el Camino para propios y extraños. Un albergue municipal humilde, sencillo, que ofrece esas pocas cosas que el peregrino pueda necesitar. Y por encima de todo, dosis de amabilidad a raudales. Después de sufrir hasta lo indecible, agradecí como nunca un trato así. ¿qué necesita el caminante? Allí había una litera, un baño con agua caliente, pila donde lavar la ropa, y una silla sobre la que descansar. El Camino simplifica, y reduce a lo esencial el paso diario. Es por eso que me siento bastante decepcionado cada vez que veo a un peregrino enganchado a su iPod, desconectado de su alrededor...
La lluvia hace acto de presencia
La mañana ha sido más fresca que de costumbre, y mientras pedaleaba, se han desprendido sobre mi muchas nubes con anuncio de tormenta. Pero no ha sido hasta la llegada a Belorado cuando el cielo se ha roto, descargando con furia lluvia y relámpagos. Por miedo a que la espera no haga sino empeorar las cosas, emprendo la subida (que acaba 15 km más adelante) que se convierte con el paso de los minutos en una de las experiencias más penosas que he tenido sobre un sillín. El fuerte viento hace que mi chubasquero apenas sirva de nada, y al poco tiempo ya estoy tan empapado como si me hubiese dado un chapuzón en cualquier piscina. El frío, las subidas y bajadas encadenadas que circulan por el cortafuegos que recorro, el barro espeso y el viento cortante se convierten en una auténtica tortura. ¡Qué habría dado yo por una ducha caliente! me repito constantemente. Pero realmente ha sido un momento para echar de menos demasiadas cosas, a personas esenciales que ya no están en mi vida. Quisiera estar en cualquier otro lado. Pero sé que hay un conocimiento escondido en este lugar. En este esfuerzo.
Atapuerca
Justo al finalizar la subida, cerca de Montes de Oca, la lluvia desaparece, y me apresuro a tomar algo de medicamento, pues siento algo de debilidad, además de esa humedad metida en los huesos. Llego a Atapuerca, zona realmente inhóspita, a ratos casi una superficie marciana, un erial salpicado de rocas enormes y escasa vegetación. Aunque el relieve no resulta especialmente agresivo, si que atravieso zonas muy técnicas por las que tengo que circular con sumo cuidado.
El gótico sublime de la catedral de Burgos
Me sorprende el sol justo al tiempo que empiezo a divisar Burgos. Aunque me había propuesto no hacer noche en ninguna gran urbe, la catedral y el barrio viejo (además de un fallo en el cambio trasero que requiere mantenimiento) me empujan a coger sitio en el albergue municipal, tan grande y moderno como frío y distante. Hoy cenaré como Dios manda, hasta puede que con vino. Me lo merezco. Decididamente.
Albergue municipal de Burgos





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