Día 14. Si bien hoy han continuado los kilómetros a través de andaderos de rectitud omnipotente, siguiendo con ellos un recorrido paralelo en muchos casos a la carretera, poco a poco el entorno se ha visto asaltado por un agradable regreso del color verde. Sutil, sí, pero palpable. También la mayor afluencia de peregrinos se nota, y cuento por cientos las veces que he soltado eso de "buen camino", de todas las formas y en todos los idiomas. La amabilidad, por delante (por cierto, muchos ciclistas, desprovistos de ésta)
Atravieso Sahagún, ecuador de mi aventura, lo que confiere nuevas fuerzas a mis doloridos brazos. Sí, así es. No son mis muslos, ni el trasero, ni siquiera la espalda o los pies, las partes de mi cuerpo que se están viniendo abajo. No. Desde los hombros, hasta la punta de mis dedos, un dolor punzante se apodera de mis extremidades. Al menos cada 15 min. me veo obligado a parar. Pero hay que aguantar, para eso estamos aquí.
Decido parar unos kilómetros antes de lo previsto. Voy bien de tiempo, las tierras castellanas permiten una pedaleada briosa, y no conozco León. De nuevo albergue de monjas, y esta vez me acompaña Eloi, un personaje de lo más curioso, vegano, oriundo de Girona, y de amueblada perspectiva existencial. Damos unas vueltas, poniendo en relieve lo mucho que cuesta dar con un Mercadona a veces, y lo interesante (más aún, imprescindible) que es compartir un momento.
Mientras escribo, cientos de peregrinos me rodean. Las voces que llegan a mis oídos retumban en media docena de lenguas, y las pilas rebosan ropa recién lavada. En la cena conozco al primer suramericano de mi peregrinación, y a un francés que viene andando desde... Saint-Michelle! No tiene menos de 50 años.
Hoy puedo decir que por fin me veo inmerso en la aventura. Me siento libre, y eso me convierte en alguien enormemente feliz.
Nunca sentí antes algo así.
Nunca sentí antes algo así.




2 comentarios:
Los brazos eh... Nunca lo hubiese pensado. Al final no conocemos tan bien nuestros cuerpos verdad? La vida urbanita nos ha embrutecido.
A pesar de la amortiguación y los guantes, las zonas empedradas y trialeras ejercen un golpeo continuo, que se transmite con mucha fuerza al manillar. Además del dolor, se duermen los dedos. De hecho, los meñiques los tuve dormidos hasta dos semanas después de volver de Santiago.
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