07 septiembre 2010

Día 9

 

Día 9. Me gustaría que hablaran hoy por mí todos mis músculos, los ojos, el pecho. Aún siento emoción al escribir estas líneas, rememorando la sensación que me invadía al amanecer, mientras los primeros rayos del alba se deslizaban entre los árboles. Los senderos parecen invadidos por peces dorados de pura luz, corretean a lo largo del Bosque de las Brujas, y se pierden al conocer el sol de la mañana. Atravieso detenidamente preciosos pueblos de arquitectura tradicional vasconavarra. La niebla es intensa, pero no impide disfrutar de la magia del Camino, que se revela en los primeros compases de la jornada. 




Magia en los amaneceres del pirineo.



El porcentaje de peregrinos extranjeros me sorprende. La suma de italianos, franceses y alemanes supera con mucho la de españoles. He almorzado con un grupo de simpáticos napolitanos en Zubiri, para después continuar hasta Zabaldika, donde recibo mi segundo sello en la iglesia del pueblo. La responsable es todo encanto, ha puesto música sacra al invitarme a entrar, y me ha ofrecido agua. Dejo la montura a cargo de una pareja alemana para disfrutar un poco del frescor y el silencio que inunda el templo. Me quedo con una hoja en la que se puede leer una interesante interpretación del sentido del Camino, escrita por la propia mujer, que pertenece a la Comunidad Sagrado Corazón. Curiosamente tienen a cargo un centro en uno de los barrios más conflictivos de Valencia. Tras intercambiar sensaciones, vuelvo al sendero, pues me quedan muchos kilómetros hasta Puente la Reina.




Cima del Alto del Perdón

Atravieso Pamplona mucho más deprisa de lo que hubiese querido, aún deteniéndome en su impresionante Ciudadela. Me cruzo con una pareja Checa que parece haberse perdido en la urbe, y les echo una mano. Me sorprendo al averiguar que vienen pedaleando desde Europa del este. Parecen jóvenes, y al juzgar por su anillo, casados. Salimos los tres de la capital, para poco a poco adentrarnos en las inmediaciones del Alto del Perdón, primer desafío importante del Camino. La subida es lenta y penosa, y mis recientes compañeros han elegido la carretera para superarla. Me despido y continúo entre estrechísimos senderos y grandes cantos rodados. Es imposible continuar encima del sillín, y toca empujar los últimos dos kilómetros. Las vistas y satisfacción alcanzada la cumbre me inundan. La bajada es peligrosa y muy técnica, peco de imprudencia en algunos tramos donde un desvío de centímetros puede llevarme al hospital, y de paso a casa. Afortunadamente ha sido todo disfrute, y continúo sin problemas hasta Puente la Reina, en cuya entrada escribo estas líneas.


Se esconde una rara hermosura en la soledad, el cansancio. Aquí nunca hay fin sin principio. En este contacto con la naturaleza todo guarda un sentido y equilibrio fascinantes, del que no somos conscientes en el día a día.

2 comentarios:

Soy ficción dijo...

Que bien tener al fin tus recuerdos del camino para mis ojos.

Chica del espejo dijo...

Vaya fotazos...

¡Me encantan! Seguiré esperando más.

:)