Día 10. Anoche, en el comedor del albergue, apenas había elegido asiento, una familia me ofreció amablemente (y con insistencia) compartir mesa con ellos, supongo que al ver que iba a cenar sólo. Ya me los había cruzado en Villava, pero no habíamos pasado del saludo protocolario. Son barceloneses, y les acompaña su hijo de doce años. Debo admitir que la amabilidad desinteresada es a menudo difícil de encajar, en un mundo que cultiva una sociedad tan deshumanizada y temerosa. Pero me he sentido maravillosamente a gusto hablando de nuestras razones, vivencias e ilusiones. Algo de envidia me ha carcomido al observar una familia aparentemente tan unida, afrontando con ilusión una prueba en común. Pero mi sentimiento más marcado al verles sonreír era el de optimismo. Cuando me he despedido y nos hemos retirado a nuestras respectivas literas, he sentido un leve matiz de tristeza atragantarme, al pensar que probablemente no los vuelva a ver. Pero, en el camino, hay que aceptar esa circunstancia como un elemento enriquecedor. Todo pasa. Pero lo bueno es capaz de quedarse.
Madrugar es el pan de cada día.
Después de ducharme en el que creo es el baño más diminuto que he visto en toda mi vida, ha empezado mi jornada. Me despierto a las seis de la mañana, pero otros peregrinos, especialmente los de a pie, llevan ya un buen rato preparándose. Las energías de que dispongo no entregan fuerza a mis piernas de una forma especialmente progresiva, y tardo mucho en calentarme. Hasta Villamayor de Monjardín se me antoja durísimo el recorrido (un buen señor con edad más que respetable llega a empujar mi bici), especialmente zonas tan abruptas como Ciraqui, con su antigua calzada romana, Lorca o Estella. El paisaje ha cambiado radicalmente, y esos tonos de un verdor salvaje se han visto sustituidos por el manto dorado de los campos de cereal. El día es espléndido, pero el calor se hace a ratos insoportable. Mis vistas resultan el marco perfecto de una soledad casi total, que se prolonga durante toda la mañana.
Después de dejar una flor sobre una de las muchas estelas que recorren el Camino, y sellar en el monasterio de Irache (la fuente de vino, toda una curiosidad) llego con algo de dificultad a Los Arcos. Como en compañía de una joven belga con la que apenas me entiendo, pero afortunadamente el lenguaje universal de los signos y las ganas de comunicarse hacen el resto. El menú: Algo de queso, pan y agua. Qué poco hace falta para sonreír.
La siesta, en un banco cualquiera de la plaza del pueblo, sabe a gloria. Me reencuentro con la familia barcelonesa, y me proponen continuar antes de que se haga demasiado tarde y no quede sitio en los albergues. Por delante quedan hasta Torres del Río 18 kilómetros de senda abrasadora sin una mala sombra donde tomar un respiro, de manera que aprieto el ritmo. Me sorprenden los pocos peregrinos que rebaso, que resisten estoicamente la rigurosa solana de agosto. El agua se agota, y no es hasta mi fin de jornada cuando me puedo avituallar de nuevo. Dormiré aquí. Mañana promete ser un día duro, y hoy he quedado agotado. Pero hay tantas pequeñas cosas en las que poder refugiarse...
18 kilómetros de sol desnudo






1 comentario:
Preciosas las fotografías. Pero preciosas.
Me encanta eso de conocer gente y que aunque solo se comparta el camino, quieren que te sientes con ellos, que compartas una comida o un bocadillo. Lo curioso es que te pones triste, pero... seguramente te los encuentres a lo largo te todo el camino.
¿Cómo te duchabas por la mañana?
Qué frio.
Repito las fotos son espectaculares.
(Me encanta leer como fue tu camino)
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