Pocas veces se echan en falta las conchas o las flechas amarillas
Día 11. El albergue de Torres del Río, rebosante de ambiente peregrino, me sumergió un poco más en el viaje del que era protagonista. Los pequeños balcones de la casona exhiben ropa recién lavada, las enormes mochilas apenas dejaban paso en los estrechos pasillos, y la gente entraba y salía de las duchas a ritmo frenético. Se trataba de un curioso contraste, la actividad de aquel rincón minúsculo, en comparación con la vida tranquila y apacible que se sucedía en las calles del pueblo.
Una joven pareja de barcelona tuvo el detalle de invitarme a cenar. Calculé mal, y me encontré con apenas un melocotón que llevarme a la boca y sin cajeros. Hablamos de urbanismo, política, y muchas cosas mas. Realmente sentí el hecho de dejarlos atrás esta mañana, (iban a pie, y sólo hasta Burgos) pues se trataba de gente majísima.
Cientos (literalmente) de cruces improvisadas salpican algunas de las vallas del camino.
Después de rodar un rato me reencuentro en Viana con un matrimonio de Durango que conocí el primer día, y decido rodar con ellos el resto de la jornada. Se une a nosotros Roberto, un brasileño natural de Sao Paulo, diseñador gráfico de veintipocos años y con una hijita pequeña. Un personaje curiosísimo que ya lleva un gran trecho cubierto: Viene de París.
Hay algunas conclusiones que ya empiezo a interiorizar, como por ejemplo la aparente competitividad del peregrino en bici, comparado con el de a pie, mucho más abstraído y tranquilo. También la decepcionante actitud de algunas de las gentes que pueblan el Camino, procurando sacar tajada por cualquier medio (el colmo, la iglesia de Torres del Río, que pretende cobrar por poner el sello en la credencial, en claro contraste con mi experiencia en Zabaldika)
El paso sobre el río Ebro representa todo un símbolo, que coincide con un reencuentro fugaz con el matrimonio Checo. Me invade la alegría al verlos tan enteros, una alegría que alguien pudiera calificar absurda. Pero es nueva, y es real.
Cruzando el Ebro.
Atravieso Logroño con cierta prisa, no sin antes comprar una funda de almohada, y no es hasta Nájera cuando volvemos a detenernos. Allí, tumbados en la hierba, sumergiendo los pies en el río, haciéndose unos bocatas como si fuéramos críos en un patio de recreo, uno se replantea qué debería ser la vida, cómo es, y para qué viven muchos. La paz, el sosiego, es total, te invade cada célula. Me es imposible imaginar a gente ajetreada o caprichosa bajo este cielo. Pero quizás la felicidad sea precisamente eso: Momentos.
La sombra es escasa, y no es raro ver a los peregrinos agrupándose a los pies de
los pocos árboles que bordean la zona. Sabia naturaleza.
Retomamos el camino con un sol infernal, que acompaña a una subida angustiosa que se prolonga hasta Cirueña. Quizás la pendiente, quizás el calor. Tal vez esos cuatro días ya acumulados, no lo sé. Pero hoy he afrontado el que ha sido con toda seguridad el mayor esfuerzo físico de mi vida. Habiendo pasado de largo Santo Domingo de la Calzada, los pocos kilómetros que me separan de Redecilla del Camino se me antojan terriblemente duros. Los pinchazos en la cabeza indican lo cerca que estoy de la pájara, de manera que me apresuro a devorar los frutos secos que me quedan. Al final llego, casi con las rodillas al suelo, y el alma a los pies, pero llego. El triunfo es escribir estas líneas desde mi objetivo. Aunque apenas puedo sostener el lápiz...
Empiezo a no estar muy seguro de poder llegar hasta Santiago. No creo poder soportar una prueba como la de hoy de nuevo.
Uno de los muchos hitos que marcan el camino a seguir.






2 comentarios:
Valiente.
Me encanta ver tu camino... hacia demasiado que no te visitaba.
Pero me encantan hasta rabiar tus fotografías y la forma que tienes de escribirlo.
Gracias :)
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